LA PALABRA
La palabra… herramienta tan valorada por mi, sobre todo porque soy fiel practicante de ella. De ella me valgo para alimentar el alma, mi alma… ella me ilumina, endosa mi nombre, mis sentimientos, por eso la respeto.
Respeto la palabra por lo que significa, por los secretos que guarda, por su poder, por lo que ella refleja. La palabra tiene la virtud de curar heridas, de reinventarse, de mimar cada uno de los momentos en que nos acompaña.
Si bien es auténtica, en ocasiones, la palabra es usada de manera indiferente, balbucea sandeces que desnutren o más bien envenenan el espíritu. Esto nos hace vulnerables, nos arrincona o encierra en un gran agujero negro, sin fondo. Llegamos a desconfiar de ella, ya no la vemos igual, nos ensordece, enmudece y cega.
Cuando la palabra es hiriente, insípida, obtusa y absurda carece de todo, sobre todo de mi respeto.
Respeto la palabra por lo que significa, por los secretos que guarda, por su poder, por lo que ella refleja. La palabra tiene la virtud de curar heridas, de reinventarse, de mimar cada uno de los momentos en que nos acompaña.
Si bien es auténtica, en ocasiones, la palabra es usada de manera indiferente, balbucea sandeces que desnutren o más bien envenenan el espíritu. Esto nos hace vulnerables, nos arrincona o encierra en un gran agujero negro, sin fondo. Llegamos a desconfiar de ella, ya no la vemos igual, nos ensordece, enmudece y cega.
Cuando la palabra es hiriente, insípida, obtusa y absurda carece de todo, sobre todo de mi respeto.


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